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La Simpatía

Los bares añorados
Jorge Alacid 11-11-2016 | 8:52 | 0

Dibujo de Néstor Santo Tomás

 

Hace un tiempo, un corresponsal de este blog me hizo llegar por correo el dibujo que decora estas líneas. Me enterneció: por ahí, por esa cuadrícula de bares logroñeses que festonean la calle Laurel y alrededores, debía andar yo en la lejana fecha en que el autor del croquis lo pintó, negro sobre blanco. Corría el año de 1984 y uno acababa de volver de la mili, con prisa por recuperar el tiempo perdido huérfano de sus barras predilectas. Como ahora compruebo, mientras tanto (en paralelo, sin yo saberlo), un paisano y compañero de quinta, Néstor Santo Tomás, se entretenía durante sus rondas por levantar este mapa que me sabe ahora a nostalgia, desde luego, pero también a vino negruzco servido en vasos, a los ajos del Florida y a la magia y la poesía depositadas en algunos locales que ya perecieron (ah, La Simpatía; ah, el Bambi) o en los que mudaron su piel. Y ya no: ya no son iguales.

Pero el dibujito también me despierta una emoción más profunda. Me desata el cariño. Hacia el Logroño que fue, hacia lo que nosotros fuimos. Así que mientras absuelvo a todos, a la ciudad y a las distintas generaciones que la han poblado, de nuestros innumerables pecados, pongo a funcionar la moviola e indago si el resto de improbables lectores de este blog comparten sentimientos semejantes. El primero que dispara es el propio Néstor, desde Zaragoza, adonde le llevó la vida. “Tenía más de veinte años y para entonces mi cuadrilla y yo conocíamos la mayoría de los establecimientos de primera mano”, recuerda. Y añade: “Y digo la mayoría dado que éramos parroquianos exigentes y vetábamos un bar a la primera ocasión que nos daban una mala contestación o habían subido el precio del vino. Éramos bastante gente y nos creíamos un lobby peligrosísimo teniendo en cuenta que salíamos todos los días, incluso en invierno”.

Néstor cree que el origen del dibujo “no era en principio otro que el de reproducir la ronda larga, la que hacíamos los fines de semana, comenzando en la actual arrocería que hay en San Agustín para enfilar luego la Mayor, la plaza de Martínez Zaporta donde el Moderno y  llegar a la Travesía del Laurel”. “Menudos ciegos”, confirma. “Está claro que en el dibujo no represento la gastronomía riojana, ni el gusto por el paseo y la conversación y el contraste de pareceres. No. Son tres personajes con un pedal nada agresivo, cierto, pero un pedal más que regular. Todo políticamente incorrecto. Aunque el estilo del dibujo recuerde a Max, el dibujante de El Víbora autor de Peter Punk, mi mayor inspiración era Azagra y sus personajes Pedro Piko y Piko Vena. Apología de fiesta sí y lucha también. Un skin y un punkarra aficionados a los tanques de cerveza”.

El amigo Néstor ha cogido carrerilla y sigue revisando su memoria logroñesa y noctívaga.  “Entonces la afición alcohólica la encauzábamos por el vino. El corto de cerveza era más caro y se ponía el doble de fondo si tenías idea de acabar con la tripa llena de gas sin apenas colocarte. Lo cierto, ahora que no nos oye nadie, es que en los años 80 no había turismo enológico ni nada que se le pareciese y la calidad del vino dejaba bastante que desear”. “Eso sí, era barato”, reconoce. Y entre trago y trago de melancolía, conclusión: Me sigue gustando nuestro Laurel a pesar de los turistas y solteros de despedida. Me encanta que el vino sea tan bueno a pesar de lo caro que se ha puesto  y también me alegra el auge de la calle San Agustín. En general me encanta el cambio que se ha operado en Logroño. Los que vivimos fuera lo apreciamos mejor, créeme. Tenéis, tenemos, una gran ciudad”.

Despedimos a Néstor con un agradecido saludo para afrontar la segunda oleada nostálgica. Desde Milán donde reside, Cristina Garay lanza sus dados: su trío de bares más añorados, los imprescindibles en cada visita a su casa logroñesa está formado por Picasso, Tívoli y Blanco y Negro. Un terceto perfumado por un baño de melancolía, porque para sus andanzas de bar en bar reclama un componente adicional: los aromas que llegan desde la cercana plaza de Abastos, el olor a pimentón y otras delicias logroñesas…

Oído, cocina. De dama en dama, nuestra improvisada encuesta recala en Madrid, donde mora la encantadora Clara Isabel Francia, princesa de la televisión y maestra de periodistas. Quien contesta lo que sigue:  “Conste que mi añoranza me lleva a la noche de los tiempos… Nunca olvidaré el Danubio ni el Pachuca. Y un tugurio estupendo del entorno de La Senda, especializado en anchoas preparadas de todas las maneras posibles. No sé si sigue existiendo. Tengo que buscarlo en mi próxima visita a Logroño”. A lo que servidor responde lo que cualquiera hubiera respondido: “Existe y se sigue llamando como siempre: Blanco y Negro”.

Vamos concluyendo. Desde Zaragoza, el conspicuo Jorge Gascón repasa mentalmente sus preferencias en esta materia, salivea fantaseando con su próxima visita para aprovisionarse de las queridas guindillas picantes y suelta sus tres favoritos: Sebas, El Soldado de Tudelilla y La Guarida. Y añade un icono menos conocido: la tortilla de patata del San Mateo en la avenida de la Paz.

De donde se deduce que en materia de bares y añoranzas, el lector improbable detectará que triunfa lo tradicional. Las barras de siempre, tan adictivas. Les ayuda su carácter longevo: han tenido más posibilidades de acoger entre sus muros a los encuestados y resto de la tropa logroñesa. Sobre todo, si la mentada tropa peina canas. Sobre todo, si alguna vez deambuló (hermoso verbo) por las venas y arterias que dibujó allá en el Pleistoceno Néstor Santo Tomás, desatando con el paso del tiempo una elevada dosis de añoranza por unos bares pasados que ya no volverán. Los bares más añorados.

P.D. Este punto melancólico que preside estas líneas viene contaminado de origen: porque echando la vista atrás he comprobado que el blog cumple cuatro años. Cuatro grandes años, desbordantes de sorpresas, pródigos en satisfacción y de extraordinario impacto personal y profesional para quien esto escribe. Cuatro años de agradecimientos por tantos buenos ratos compartidos que por lo tanto sólo pueden resumirse en esa palabra que uno no se cansa de pronunciar: gracias. Y que nos sigamos viendo en los bares.

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La Simpatía ya no vive aquí
Jorge Alacid 16-09-2016 | 7:24 | 3

Local que albergaba al bar La Simpatía

 

Paseo matinal por el corazón de Logroño. Aprovecho para atravesar por la Laurel: me gusta el olor a bar por la mañana. Me gusta sobre todo cuando apenas pasean por la calle sus dueños, que se quitan las legañas de tertulia con sus proveedores, se afanan con la escoba, se preparan para el inminente aperitivo. De repente, en el tramo central tropiezo con una agradable sorpresa: obras en el local que alojó el querido La Simpatía, escenario de tan buenos y frecuentes ratos. Tomo unas fotos con el móvil mientras entran y salen los operarios, a quienes pregunto ingenuo cuándo reabre el bar. Uno de ellos me mira asombrado y me comunica la mala noticia: no abre. Al revés: ocurre que van a rehabilitar el edificio, incluida su fachada por Bretón de los Herreros.

Puñalada en el corazón. En efecto, afino la mirada y me encuentro con que los trabajadores van retirando en esos momentos el material arrumbado en sus rincones. Incluido por cierto un misterioso colchón: parece que alguna vez anidó el amor en La Simpatía… Otro operario se ayuda de una carretilla para ir derribando el material más grueso, mientras confirma lo adelantado por su compañero: “Van a construir otro edificio para oficinas”. Habituales de la calle Laurel, apostados de miranda en ese tramo, corroboran la información. Termino mis fotos. Sigo trepando por la calle hacia el Blanco y Negro: atrás dejo a mi otro yo, el que encontró tantas veces consuelo en La Simpatía para sus itinerarios por la Laurel.

Porque La Simpatía era uno de mis bares favoritos por varias razones. Entre ellas, una que alguna vez he citado, así que perdón si me repito demasiado: un póster del Logroñés que colgado allí, fuera de contexto puesto que quienes posaban para el fotógrafo llevaban años retirados, me devolvía directamente a la infancia. Al crío que iba a Las Gaunas a ver a García Fernández, Simarro y otros ídolos setenteros. Me sentaba a consumir un porroncito en la mesa de formica, vigilado por el bigote del futbolista Cenitagoya y resto de dioses tutelares en blanco y rojo, y en cuanto cerraba los ojos volvía a comer pipas en el banquito corrido de General mientras me helaba de frío.

 

Interior de La Simpatía, durante las obras en el edificio de la calle Laurel

 

No era su único atractivo. Con el tiempo, me aficioné a consumir en La Simpatía sus inolvidables raciones de rabas, que Javi coreaba con su bonita voz de jotero. También le reía los chistes como el resto de la parroquia: como si tuvieran gracia. Me gustaba La Simpatía por su punto castizo, porque no había sucumbido a la moda gastrobarística que entonces empezaba a ser tendencia. Y porque había conseguido que cristalizara entre sus paredes ese intangible tan caro: una atmósfera distinta. Para mí era un bar especial y se entenderá por lo tanto que cuando cerró, luego de mil peripecias con la propiedad del inmueble, también desapareciera de repente una parte de la calle Laurel, tal y como tantos y tantos la habíamos conocido. Para mitigar el dolor, hubo que conformarse con el exitoso traslado de uno de sus pinchos fetiches, el famoso cojonudo, al cercano Donosti, donde custodian el secreto de semejante manjar.

Luego he pasado un millón de veces ante su puerta. Siempre cerrada. Y pensaba para mí lo mismo: qué pena. Qué estupendo bar sería un renacido La Simpatía, aunque no estuviera Javi cantando más que pidiendo otra de calamares. Aunque tampoco reapareciera el querido póster del Logroñés. Cuando la otra mañana volví a pisar su suelo, mientras retrataba su interior en las fotos que ilustran estas líneas, sentí una lástima todavía amplificada. Aunque luego me maliciaba que una vez reconstruido el edificio su planta baja muy bien podría albergar otro bar, sospecho que ese hipotético garito nunca será el mismo.

Que Cenitagoya nos perdone a los logroñeses.

P.D. Comparto con el improbable lector una anécdota revelada por un querido miembro de la cofradía de adictos a los bares de Logroño, quien tenía por costumbre zamparse un embuchado en La Simpatía. Una tradición bruscamente alterada: una tarde, Javi le comentó que ya no iba a despachar esa golosina tan estupenda porque no le salía rentable. Pero entre ambos dieron con una solución alternativa: desde entonces, este caballero se proveía de embuchados en la cercana Plaza de Abastos, acudía con ellos a la plancha de La Simpatía y sus buenas gentes le preparaban tal manjar, tarifado ad hoc. Que me diga alguien dónde se obra hoy en Logroño un prodigio semejante.

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El mejor camarero de Logroño
Jorge Alacid 17-01-2014 | 8:45 | 0

Invitación del Tastavín para Elena López Tamayo

Un anuncio reciente me invita a volver sobre mis pasos y recordar una entrada antigua, cuando confesaba mi predilección sobre quién era mi camarero favorito: Tío Pío. No era de verdad, sino de ficción: un actor, un figurante de enorme talla que se adueñaba a ratos de una de mis pelis más queridas, Gilda. El anuncio citado me informa de que comienzan las pruebas para elegir al mejor camarero de La Rioja; hay otro certamen similar en danza que emplea una palabra que juzgo desafortunada (barista) para lo mismo: para designar a ese hombre o esa mujer que nos guía desde el otro lado de la barra con diligencia, eficacia y cariño.

Digo cariño porque los clientes, pienso yo, exigimos una mano de afecto cuando ingresamos en cualquier bar. Idéntica ambición nos conduce cuando penetramos en un comercio: ser atendidos por alguien que interactúe con nosotros. Un poco de empatía. De lo contrario, bastaría un robot o una máquina expendedora. Eso sí: buscamos algo de afecto, pero sin pasarse. Que no somos de la familia. En particular, aborrezco ese tipo de camareros confianzudos, que parece que anoche cenaron con uno y yo sin enterarme. El tuteo es hoy una plaga tan abrumadora que desisto de plantear batalla porque sale el abuelo Cebolleta que (ay) empiezo a llevar dentro. Ahora te llama de tú cualquier chiguito, tratamiento que antes se reservaba sólo para los conocidos. Pero eso es lo de menos: lo fatal para un cliente conspicuo es comprobar cómo ha decaído el ejercicio de este oficio tan necesario para algunos de nosotros. Sobreviven, cierto, unos cuantos profesionales que honran su trabajo y el legado de sus antecesores: pienso en Tere y Ana, que lo ennoblecen mientras defienden la barra del Donosti, tan suculenta. Juanito, su anterior responsable, puede estar orgulloso de ellas.

No son los únicos ejemplos que mencionaré. Ahí van unos cuantos: echo de menos (segundo ay) a Javi gritando las bondades de La Simpatía, al anciano Maisi, que subía la empinada cuesta del Tívoli para atender su terraza con ese aire de escepticismo propio del camarero que ya lo ha visto todo y que me resulta tan caro. Pienso en otros camareros cuyos fantasmas aquí hemos convocado alguna vez: Santos y Dámaso de La Granja, Sebas del bar homónimo, los hermanos García también del homónimo bar de la calle San Juan, Manolo de El Soldado (y resto de la parentela), Alfonso Soldevilla, a quien resulta difícil ver ya a ese lado de la barra… Añada el improbable lector a quienes vea dignos de su confianza y comprobará conmigo que la suerte de muchos bares, creo que de casi todos, se decide no en su oferta de bebidas y comestibles, que también. Tampoco en su decoración o limpieza de los aseos, que también. Tampoco en su emplazamiento, aunque también. No: el éxito o el fracaso de un bar están históricamente unidos a la simpatía y profesionalidad de sus dueños y camareros.

De modo que me resultaría imposible participar de jurado en un certamen que eligiera al mejor de Logroño. Supongo que se valorará su pericia administrando líquidos, la rapidez con que gestiona el cafelito, la limpieza pilotando la barra o vaya usted a saber qué. Pero un juicio más detallado exigirá tiempo, tanto tiempo que resultaría inviable. Tiempo para saber si posee la destreza mental del citado Santos, quien te ofrecía el cruasán aunque no lo hubieras pedido (sabía que lo querías), la maestría del mencionado Javi contando chistes malos, la gracia de las mentadas chicas del Donosti echando con una mano a los pesados mientras con la otra sirven a la vez cincuenta vinos y otras tantas raciones. Tiempo para discernir si los candidatos se parecen al actor apodado para el cine Tío Pío, aquel sentencioso Séneca con chaquetilla blanca. Tanto tiempo que es preferible tirar por la calle del medio: mi camarero favorito sería el resultado de sumar las virtudes de los arriba citados. Y de nombre, insisto: a ese camarero imposible le llamaría Tío Pío.

P. D. Ilustra estas líneas la imagen de la tercera y última entrega del relato con los premiados en el concurso ideado aquí para celebrar el primer año del blog. Envía la foto Elena López Tamayo, quien brindó con vino de Rioja y un pincho por gentileza del Tastavín de la calle San Juan, a cuyos responsables incluyo en mi particular panteón de buenos camareros logroñeses: servicio ágil y cortés, sentido del humor, sin afectaciones, con generosidad. Para ellos, mi felicitación y mi gratitud por participar en el concurso, que alcanza también a Elena.

 

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El bar más simpático (Bares dedicados V)
Jorge Alacid 13-12-2012 | 10:07 | 3

Fernando y Teresa, del bar La Simpatía

Fernando y Teresa: así se llaman los miembros de la pareja que vemos en la foto. Tal vez sus caras les suenen a los logroñeses más veteranos, porque durante más de 30 años defendieron una de las barras más populares, la del bar La Simpatía. Un rincón entrañable en la más castiza de nuestras calles, la Laurel, de la que ya ocupé antaño. En aquella entrada, recordaba un par de detalles: uno, su tapa célebre, el singular cojonudo que emigró hacia el vecino Donosti cuando cerró sus puertas La Simpatía allá por el 2009. Y dos, la voz de jotero de Javi, quien sustituyó a la pareja de la foto al frente del bar y hacía honor a su nombre: desde luego, era un tipo de lo más simpático.

Si traigo aquí el recuerdo de aquel local desaparecido es porque lo menciona Víctor, un corresponsal que vive fuera del Logroño que le vio nacer. Como se le resiste la informática y no consigue publicar su comentario en el blog, me remite por correo electrónico un concentrado de nostalgia por los bares que sobreviven (es adicto al Perchas, según confiesa, y mantiene la costumbre de visitar El Soldado cuando se pasa por su tierra natal) y por los ya difuntos. Y el primero entre ellos, La Simpatía, que para mí encierra también un misterio: hubiera apostado cualquier cosa cuando cerró a que rápidamente reabriría, pero ya se ve… Los mercados, también los del sector hostelero, son un enigma.

Como Víctor, yo también lo echo de menos. Ubicado en el centro neurálgico de la Laurel, su entrada es hoy el sitio elegido por cantantes ambulantes y artesanos para vender sus mercancías. La puerta, cerrada y decorada con cartelería varia, da un poco de pena. Nada que ver con el llenazo que solía presentar, sobre todo los fines de semana; en mis primeras incursiones, cuando todavía lo pilotaban Fernando y Teresa, a mí me gustaba acomodarme en las mesas del fondo que en sus últimos años apenas se utilizaban. Habían cambiado los usos y costumbres de la clientela y se había mudado también una de sus insignias, que para mí ejercía la misma atracción que un imán: un viejo póster del Logroñés de los años 70, donde aparecían algunos de mis antiguos ídolos adolescentes. El portero García Fernández, el lateral Cenitagoya, con su bigote y su cara de no hacer prisioneros, el extremo rubio Simarro… Era el equipo que uno llevará siempre en el corazón, de modo que ingresar en La Simpatía era como volver a Las Gaunas.

Con el tiempo, la coartada para detenerme no eran tanto sus cojonudos, pincho que nunca me ha hecho demasiada gracia, como el propio Javi. Me gustaba verle dirigir su local con un chiste siempre en los labios, algún comentario ingenioso, la frase adecuada para cada cliente. Y me hacía gracia también una tapa que yo devoraba con mayúsculo placer, sus calamares rebozados. Las rabas de siempre, que allí se preparaban con buena mano y una sobredosis de cariño. Víctor, a quien dedico esta entrada, recuerda sin embargo La Simpatía por sus embuchados. Y me cuenta una anécdota: que en los últimos años, como resultó que Javi dejó de incluirlos en la oferta de su bar, ambos llegaron a un acuerdo: Víctor los compraba en una carnicería de la cercana Plaza de Abastos, se los llevaba a al bar, Javi los preparaba y luego se los comían a medias. “Al vino invitaba Javi”, concluye.

Me parece una fórmula que podría ampliarse a otros bares, pero al revés: uno lleva la botella de Rioja, la comparte a medias con su camarero de confianza y éste a cambio le sirve un bocado gratis. Es solo una idea…

P.D. El embuchado ya se ha citado aquí como uno de esos productos de la casquería de toda la vida que hoy casi, casi, casi han desaparecido de nuestros bares. Los que quedan, me parece, tienen pinta de haberse fabricado en serie, lo cual tiene su explicación, porque las exigencias en materia de control sanitario fuerzan a extremar el celo en su elaboración. Pero quienes no tenemos el paladar y el estómago tan delicados… En fin, que echamos en falta aquel sabor tan poderoso, su recia textura que exigía raudo un trago de vino, la memoria de cuando no nadábamos como ahora en la opulencia (ja) y hasta las tripas de un animal nos parecía una oferta gastronómica tentadora. Yo creo que estos platos siguen teniendo su público: tal vez si se anunciaran como almohada de entresijos pasada por la brasa de no sé qué… También es solo una idea.

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Laurel se empina (Bares dedicados IV)
Jorge Alacid 07-12-2012 | 9:07 | 1

Bar Soriano de la calle Laurel de Logroño. La foto es de Justo Rodríguez

El amigo Justo Rodríguez me envía esta foto del Soriano por si acaso le reservo alguna entrada a nuestra calle más popular, la Laurel. Lo cual me recuerda un artículo que allá en el 2006 publiqué en Diario LA RIOJA y ahora  recupero, con dedicatoria para el caballero. Se titulaba ‘Laurel se empina’. Me temo que, aunque ha perdido vigencia en estos seis años (algún bar ha desaparecido, por ejemplo), ahora todavía se empina más. Ahí va.

Mi bar favorito de la calle Laurel es el Donosti. Le tengo un cariño que ha superado incluso las reformas contra él perpetradas, que acabaron por deteriorar su alma, de suyo tan castiza. En el Donosti vi el 12-1 de España a Malta, así que cada vez que oigo el gallo de José Ángel de la Casa cantando el gol de Señor lo asocio con su empinada barra, con su atmósfera muy familiar: el padre, Juanito, ejercía de capataz y su mujer dominaba la cocina, mientras los críos hacían los deberes en las mesas del fondo. El Donosti era un sorprendente bar cuesta arriba, que servía como metáfora de la calle donde se aloja: Laurel, la misma que sólo ciertos horteras o algún despistado osa denominar ‘La senda’, apelativo que los indígenas detestamos.
Ahora regreso al Donosti de nuevo reconfortado, porque una de las chicas del desaparecido Iruña ha tomado el relevo de los anteriores dueños, lo cual interpreto como un presagio, la intuición de que sigue valiendo la pena trepar por esta cuesta y destripar su secreto. Porque Laurel no es una calle, es una religión, la Iglesia laica de Logroño, con su colegio episcopal, su feligresía, sus sacristanes y hasta sus beatas. Con su propio misterio trinitario: Laurel es una y trina, porque en realidad hay otras dos calles (la Travesía, Albornoz) tributarias, una más si contamos el tramo inicial de San Agustín, allí donde tantas rondas desembocan.

Últimamente, noto la calle aún más cuesta arriba. He comprobado que eso de empinar (el codo) es contagioso, porque también se empinan las cajas registradoras, cuyos propietarios se valen de la debilidad que sus parroquianos sentimos por sus bares. Los fieles ni nos inmutamos ante la minuta ni ante el prodigioso efecto multiplicador que le sucede al vino cuando llega a esta calle: su valor se dispara en la misma proporción en que mengua la cantidad depositada en la copa.
A mí me da lo mismo. Amo la calle Laurel y escalaré por ella aunque todavía se empine más. Disfruto viendo las manos de prestidigitador de Manolo, que parte tomates a velocidad endiablada mientras cuenta algún chiste en El Soldado. Adoro la bella voz de jotero con que Javi pide un cojonudo en La Simpatía y me hipnotiza el montacargas por donde la buena gente del Sebas arría su exquisita tortilla de patata. El Blanco y Negro, el Taza, el recuperado Donosti… Todos forman parte de mi corazón tan logroñés y a todos he vuelto tras algún exilio temporal en San Juan y la Mayor, cuando esta última calle aún no había sido tomada por las hordas adolescentes, cuando aún la reconocía como la de toda la vida. Así que seguiré sonriendo con las ocurrencias de Manolo, saboreando los calamares que preparan donde Javi y maravillándome con las referencias de Rioja que han ido coleccionando los herederos de Sebas. Soy un cliente fácil que sólo desea precisamente eso: que nos lo pongan algo más fácil.

P.D. El Soriano no se aloja estrictamente en la Laurel, pero ya advierto arriba que la calle es una especie de tres en una. El imaginario popular también denomina como Laurel a la calle Albornoz y a la Travesía, en cuyo número dos radica en realidad esta barra tan célebre, dedicada al monocultivo del pincho único que le da fama: ese champiñón cuyo misterio (dicen) está en la salsa, una fórmula tan secreta como la de la Coca Cola. Ese champi que yo sigo intentando tomar sin pringarme: en vano, lo confieso.

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