Los últimos días en Thailandia los pasamos en la playa, en Puket. Decidimos ir a esa zona porque cerca está una de las razones por las que fuimos a Thailandia: La bahía Phang Nga
Hicimos varias excursiones a diferentes islas como PhiPhi…

…otra que llaman la isla de James Bond, porque se grabó allí “El hombre de la pistola de oro”
y otras muchas islas que no sabes ni como se llaman, pero que son un auténtico paraíso



Las excursiones son una gozada, no sólo por lo que ves, sino porque vas en un barco, tranquilito, con la brisa que te da en la cara… Relax absoluto.
Volvimos a España y ahora, casi cuatro años después, todavía se me pone la carne de gallina cuando veo las fotos.
Chiang Mai es la segunda ciudad más grande de Thailandia pero no tiene nada que ver con Bangkok. Sus calles son características por la cantidad de gente que pasea por ella, sus puestos de fruta, sus templos pequeños, sencillos e impresionantes y sus mercadillos nocturnos.
Los mejor para dar una vuelta por la ciudad es moverse en tuc-tuc, al igual que en la capital
Acordando un buen precio con el conductor, (suele ser baratísimo) te hace un recorrido por los templos que tú le indiques y por los que el considere que merecen la pena (o por aquellos en los que tiene algún amigo que vende algo…)
Cualquiera de ellos es una pasada
Regatear es una de las cosas más divertidas que se pueden hacer en Tahilandia. Hay que recordar empezar siempre ofreciendo la mitad de lo que te piden y nunca dejar ver que algo te interesa mucho.
Se puede encontrar prácticamente de todo, sobre todo, bolsos, camisetas y relojes de imitación. Al parecer tienen algunos a la vista, y otros de mejor calidad escondidos para quienes quieran pagar algo más. Yo la verdad es que soy malísima regateando, así que me limité a comprarme un reloj.
Para finalizar el viaje nos esperaban las inolvidables playas de Puket y la bahía de Phang Nga.
El sol y el calor nos acompañaron en una bonita excursión hacia el norte para conocer una de las tribus más curiosas de Thailandia: las mujeres jirafa. Viven de lo que cultivan y de lo que les damos los turistas y su hogar son pequeñas casetas en mitad del bosque.
Se dedican a hacer ropa y objetos curiosos, como marcapáginas de caca de elefante, que venden a los turistas por unos 2 euros (carísimo comparado con lo que cuestan allí las cosas).
Por lo que pudimos ver, conservan sus tradiciones y viven como lo hacían hace cientos de años, con sus sus ropas de colores y sus collares que les alargan el cuello. Es realmente alucinante lo que pesan.
Yo había escuchado que no se lo pueden quitar, pero no es cierto. Si se lo pides amablemente, se lo quitan con cuidado y te lo dejan para que te lo pruebes.
Perfectamente maquilladas sonríen a los turistas y conversan con ellos en un inglés muy limitado, pero que les sirve para conseguir algún que otro bath. Aseguran que no sienten que estén traicionando su cultura al dejarse fotografiar y permitir que paseemos por su aldea como si se tratara de un museo, aunque en algunas zonas no se pueden visitar. Una de ellas nos contó que así viven mejor y que gracias a los turistas sus hijos tienen un mejor futuro. Pero siempre dentro de la aldea, y trabajando.
Sorprende mucho que la segunda capital de Thailandia sea tan diferente a Bangkok. Chiang Mai es pacífico y amable y los templos aparecen en cada esquina que doblas.
La primera salida de la ciudad fue a visitar una escuela de elefantes. Primero te ofrecen una simpatiquísima actuación en la que ves como los elefantes juegan al fútbol…
…pintan
o dan masajes.
Después llegó lo que estábamos esperando: el paseo en elefante. Nos dio exactamente igual que se pusiera a jarrear justo cuando comenzábamos a meternos en la selva. El paisaje es alucinante e ir en un animal tan grande y que se mueve tanto es divertidísimo.

Decidimos intercambiarnos fotos con esta pareja que ‘viajaba’ delante (o detrás, según le apeteciera al elefante) de nosotros
Llegamos al hotel cansadísimos y pensando en lo que todavía nos quedaba por conocer de Chiang Mai: Las mujeres jirafa, las tribus y algo imprescindible en Thailandia, el regateo.
El viaje entre Chiang Rai y Chiang Mai es precioso. Vas en lancha por el río Megkhong rodeado de serva escuchando el sonido de los animales, refrescándote con la brisa y cruzándote con algún que otro mini templo.
Por el camino paramos en una aldea donde los elefantes esperan a los turistas a la orilla del río, preparados para darles un paseo, aunque no es el mejor lugar para hacerlo. Según nos explicaron, en estos lugares no suelen tratar muy bien a los animales, así que es mejor recurrir a la escuela de elefantes de Chiang Mai, que es donde nosotros pensábamos hacer el paseo. Eso sí, nos moríamos de ganas de subir sobre ellos…
En lugar de eso dimos un paseo por la aldea, aunque la verdad, no había mucho que ver. Lo más curioso, la moderna ‘gasolinera’…
Unos kilómetros mas adelante paramos a ver una fábrica de seda. Esta múy preparado para los turistas (como casi todo, claro) pero merece la pena verlo.
El norte de Thailandia es completamente diferente de Bangkok, parece otro país. El mayor atractivo y lo que más sorprende al turista son las tribus y sus protagonistas lo saben. Viven su día a día como si el tiempo no hubiera transcurrido, pero aprovechan sin dudarlo las visitas, pidiendo monedas por hacerte una foto con ellos y sus pintorescos atuendos. Aseguran que visten así día a día y que no lo hacen por sacar dinero y yo me lo quise creer. Prometo que el color de los dientes de esta mujer era real (comen la hoja de una planta que los vuelve negros, símbolo de felicidad).
Cuando ya no puedes ir más al norte llegas al Triángulo de Oro. La frontera natural entre Myanmar, Laos y Thailandia que genera la división del río Mekong.
Es una vista espectacular y resulta muy mágico pensar que estás viendo tres países diferentes a la vez. Según nos explicaron, el nombre lo recibe porque la zona era un criadero de opio muy fructífero.
La frontera con Birmania impone por su seguridad y por el poco movimiento de viajeros que hay.
La sensación constante en el norte es de paz, tranquilidad y silencio, lo contrario que en Bangkok y no hay un solo lugar que visites que no te deje con la boca abierta.
El resto de los días en Bangkok los dedicamos a vivir la ciudad. Hay cosas que por mucho que pasen las horas nunca terminan de sorprenderte, y una de ellas es el olor en las calles.
A los tailandeses les sale mucho más barato comer en la calle que comprar la comida en el supermercado y hacerla en casa, de hecho muchos pisos no tiene ni cocina, así que las calles están plagadas de puestos de comida rápida en los que hacen todo tipo de frituras cuyo olor resulta muy fuerte a los turistas, pero que están realmente buenas.
Sin duda para ellos es algo muy normal, pero para los que estamos de visita, encontrar un elefante en la calle es realmente alucinante…
Una de las cosas que más llama la atención del carácter de los thailandeses es lo silenciosos, reservados y educados que son, cualidades que llevan al extremo cuando los ves hablar (no es algo muy normal) con algún monje budista. Son respetados al máximo, incluso en los carteles del metro te advierten que debes cederles el sitio.
La fruta es realmente sabrosa, jugosa y sorprendentemente colorida. Da igual dónde la compres y cuánto te cueste. Estará buenísima seguro.
Además de todas estas cosas, es una visita a Bangkok no puede faltar un paseo por alguno de sus centros comerciales de lujo. Solo se puede mirar, pero es divertido
Y por supuesto, nunca dejar de montar en un tuc tuc. ¡Son tan baratos, rápidos y fresquitos!
El siguiente destino era el norte del país. Dos horas de vuelo hacia el impresionante Chiang Rai.
Cuanto más pasa el tiempo y más pienso en el viaje, más me gusta el recuerdo que guardo del mercado flotante de Bangkok. Nunca pensé que un río pudiera tener tanta vida.
Aunque ya no es lo que fue hace 20 años, es una forma de conocer el Bangkok rural. De adentrase en sus canales, de ver cómo vivían hace años los habitantes de la ciudad, campesinos, pescadores… Ahora cada vez quedan menos barcas vendedoras de productos de verdad: flores, frutas, comida… Pero hay más de recuerdos, regalos y demás cosas para el turista. Las lanchas, gobernadas mujeres y hombres cubiertos con sus característicos sombreros de paja, te hacen disfrutar del ir y venir de un mercado que una vez, no muy lejos, fue una forma de vida, en donde los olores, los sabores, los colores, eran, junto a sus gentes los verdaderos reyes de este lugar.
El camino hacia el mercado es un recorrido por casas de thailandeses que hacen su vida en el río y donde no faltan tampoco los pequeños homenajes a Buda.
En realidad está en una aldea cercana a la ciudad y básicamente consiste en cientos y cientos de puestos a lo largo del río Chao Phraya, a los lados o en el propio río, donde tienes que regatear en movimiento y luchar para no chocarte con el resto de las canoas.
Las embarcaciones las dirigen simpáticos, amables y habladores tailandeses que te van llevando a los puestos de sus amigos y que disfrutan viendo como les compras.
Se puede encontrar absolutamente de todo y el regateo es imprescindible. Si no, no hay compra. Lo malo que es a veces te metes tanto en el papel que te das cuenta de que llevas 10 minutos regateando por 10 bath, unos 20 céntimos. Es realmente divertido.
Es absolutamente imposible marcharse sin comprar, aunque sea un puñado fruta. Los ojos se van de lado a lado rebuscando entre los puestos algo que te pueda interesar. Hay cosas verdaderamente horribles, de verdad, pero otras son divertidas y sorprendentes. Y la fruta… nunca he probado piñas como aquellas.







































































