Relato del viaje de 17 días que hicimos a Indonesia en octubre del 2012:
En Bali, además de templos y playas, también hay tiempo para la aventura. Hay cientos de compañías que ofrecen jornadas de rafting, paseos en elefantes, competiciones con extraños juegos, escalada, treetop, quads… Puedes conseguir buenos precios por las excursiones si eres bueno regateando y la verdad es que merece la pena. Nosotros hicimos rafting en el río Tayung .




Después del rafting fuimos viajando hacia el sur de la isla parando en lugares como Pura Taman Ayun, un enorme templo rodeado por un foso donde apenas encontramos turistas.





Pero si había un templo en todo Bali que yo tenía ilusión por ver, era Tanah Lot. Es uno de los más importantes y venerados y, a pesar de la cantidad de turistas que hay a esa hora, lo mejor es verlo al atardecer. No me decepcionó ni un poquito. Para mi fue sin duda el más bonito que vimos en Bali.




El último día lo dedicamos a ver Ubud. La verdad es que es un sitio ideal para estar alojado en Bali (si no te importa estar lejos de la playa). Hay mucho ambiente para salir a cenar, tiendas a cada paso y, como en todo Bali, preciosos templos.

Eso sí, una tarde de paseo supone unos cuantos tropezones. No he visto aceras más incómodas, con más baches, agujeros y altibajos:
Pero hay dos cosas que un viajero no puede dejar de hacer en Bali: dejarse dar un espectacular masaje…

Y por supuesto, disfrutar un rato al sol balinés mientras contemplas un infinito bosque.


Y aquí terminó nuestro viaje a Indonesia. 18 maravillosos días en los que aprendimos muchísimas cosas, conocimos a grandes personas, vivimos la paz de los templos, nos perdimos entre islas, nos asustamos con dragones, disfrutamos del lujo balinés, nos asomamos al cráter de un volcán, condujimos en la locura, buscamos palacios perdidos… Lo peor de Indonesia, tener que marcharte.
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Los últimos días del viaje los pasamos en Bali, pero no en la playa, sino en el interior. Preferimos alojarnos en Ubud para poder movernos con más facilidad por toda la isla. Estuvimos cuatro días, pero podríamos haber estado dos semanas viendo danzas, arrozales y templos perdidos.
La isla es pequeña, puedes recorrer toda la costa en coche en un día, y las posibilidades que ofrece son infinitas, tanto en alojamientos como, por supuesto, en maravillas que ver.
A cada paso por la calles, rodeado de un tráfico loco y miles de motos y bicicletas, encuentras pequeñas y exquisitas ofrendas que consisten en unas flores y algo de comida y que recuerdan la importancia que los balineses dan al cuidado de sus dioses, también de los malos, y de sus antepasados.

No hay que perderse la tradicional ración de turisteo, con un espectáculo de teatro y danza balineses. Se trata de una lucha entre el bien y el mal llena de expresividad, música y color que merece la pena ver.





Además se representa junto a un templo precioso

En el norte, los arrozales en terraza se extienden hasta donde la vista no alzanza


Pero si hay una maravilla en Bali son sus templos. Encuentras uno casi en cada esquina. El primer templo balinés que vimos fue el Tirta Empul, uno de los más importantes de la isla. Al atardecer apenas quedan turistas que molesten el silencio de quienes acuden a honrar a sus ancestros, así que es la mejor hora para ir.



Nos estábamos enamorando de Bali, y era sólo el primer día.
El cambio de escenario fue de lo más chocante: del frío y el humo del volcán Bromo al calor y las playas de Flores. Ya en el aire puedes empezar a hacerte una idea de qué es lo que podrás ver:

El aeropuerto de Labuanbajo es de lo más curioso.

Por ejemplo, estas son las cintas en las que recoges las maletas:

Es decir, que no hay. Unos señores van cantando el número de tu maleta, pasas le das el ticket y te la dan. Así de fácil.
Nuestros objetivos en el mar de Flores eran principalmente ver los dragones de Komodo y hacer snorkel y pasamos allí tres de los mejores días del viaje: felices, relajados y sin parar de reírnos gracias al guía, el cocinero y el capitán que nos acompañaron, encantadores, entrañables, divertidos…
Contratamos un barco para pasar tres días completos en él. Algo como el klotok pero en el mar.

En cuanto nos acomodamos partimos hacia Rinca y Komodo, las dos únicas islas del mundo en las que habita el lagarto más grande que existe. Yo no tenía nada claro que fuera tan fácil verlo, pero sí, ves muchos y sin demasiado esfuerzo. Eso sí, para recorrer cualquiera de estos parques naturales es obligatorio ir con un ranger del parque, ya que son animales muy agresivos y ya han atacado a un puñado de turistas. Yo iba muerta de miedo. La verdad es que no me tranquilizaba mucho que nuestra única defensa fuera este señor con un palo:



Es muy auténtico saber que en esa isla no viven mas que el guarda y los dragones de Komodo y que no hay nada más. Así que el paisaje se conserva intacto y salvaje

Pero la verdad es que aunque no hubiéramos visto ni un solo dragón de Komodo, sólo con poder navegar entre cientos de islas en las que no vive absolutamente nadie, sin prisa y con toda la paz que uno puede imaginar, merece la pena. Y todavía nos quedaban dos jornadas en el barco.





Cuatro horas de tren, otras cuatro de coche, un último tramo de carretera que parece que lleva al fin del mundo entre baches y cuestas imposibles, dormir poco y levantarte a las 3 de la madrugada…


Todo, absolutamente todo merece la pena por ver amanecer junto al volcán Bromo y subir después hasta asomarse a su cráter.
La excursión empieza a las 4 de la madrugada con el objetivo de subir frente al volcán cuando todavía es de noche y ver salir el sol desde allí.

Si miras a un lado ves la luz abrirse paso entre montañas y si miras al otro el Gunung Bromo y el resto de montañas y volcanes que lo rodean se van iluminando poco a poco hasta mostrar un alucinante paisaje lunar.



Y cuando ya parece que lo has visto todo, todavía queda lo mejor: subir al cráter. Nosotros alquilamos uno de los caballos que hay cerca de la base, gracias al que ganamos tiempo y pudimos disfrutar del cráter solos durante un buen rato. Además, es muy divertido.


En el último tramo toca subir escaleras…

…pero lo mejor es mirar hacia atrás

Y por fin…


Éste no es uno de los volcanes más altos de Indonesia pero su belleza radica en su ubicación: es uno de los tres que surgió de un inmenso cráter y se eleva desde el centro de la caldera Tengger. Además, aunque turistas no faltan, toda la comarca ha conseguido mantenerse alejada de las tentaciones de sacar partido al turismo de forma masiva, sus habitantes te ignoran, siguen con su vida y solo se dirigen a ti para ofrecerte un plato de arroz que están degustando tranquilos en la calle. Sólo viven pendientes del volcán que les protege.
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Pranbanam impresiona mucho, pero más si te lo imaginas con los 244 minitemplos que lo rodeaban y de los que ahora sólo quedan piedras amontonadas.


Es unos 50 años más joven que Borobudur pero se sabe muy poco de su historia. Estuvo abandonado durante años y en 1937 intentaron reconstruirlo y montar de nuevo los templos que lo rodeaban, pero no quedan piedras para todos.
Aún así, los ocho templos principales y lo 8 secundarios son suficientes para fascinar al visitante.





Cerca de Prambanam está el ‘Kraton’ o palacio de los sultanes de Yogya, en el que vive el actual sultan y otras 25.000 personas (sí, no me he equivocado). Es una ciudad amurallada con sus propios mercados, escuelas, tiendas… Es curioso y tienes espectáculos de música y marionetas, pero si vas con prisa te lo puedes saltar.


Muy cerca está el Palacio del Agua o Taman Sari. Un recinto que en su día fue un parque lleno de estanques y canales para el sultán y su séquito amantes.


Y justo detrás del Taman Sari está el mercado de los pájaros o Pasar Ngasem. Por lo que nos contaron, los indonesios tienen verdadera pasión por los pájaros y hay concursos de canto en los que participa todo el mundo y con premios muy cuantiosos. Así que la mayoría de los ciudadanos tiene pajaritos en casa. Merece la pena darse una vuelta por el mercado y ver los cientos de especies de periquitos, loros, cardelinas… que se venden, además de gatos, perros, serpientes, grillos, conejos, tortugas… Yo personalmente no lo disfruté mucho porque todo lo que vuela me da grima, pero hay que verlo y charlar un rato con los vendedores, que son muy amables y te cuentan cosas de lo más curiosas.


La tarde la dedicamos a dar un paseo por la ciudad entre coches, puestos callejeros en los que se vende de todo, centros comerciales y bares en los que disfrutar la rica Bingtang.
En el siguiente destino indonesio cambiamos el bosque y los orangutanes por los templos y el asfalto. Volamos de nuevo a Java para visitar Yogyakarta, una de las principales ciudades de la isla.
La misma tarde que llegamos fuimos a ver Borobudur, uno de los templos más impresionantes que he visto en mi vida.
El templo está rodeado de arrozales y palmeras y ha sobrevivido a volcanes, terremotos y bombas durante 1.200 años. Está formado por dos millones de bloques de piedra y se cree que la capa gris que ahora lo cubre en su día tenía color. Para acceder, como en todos los templos budistas, tienes que colocarte un pañuelo de cintura para abajo.

Borobudur se recorre en el sentido de las agujas el reloj (como todos los templos budistas) y de abajo a arriba muestra desde el mundo cotidiano hasta la ascensión al Nirvana: barcos, elefantes, guerreros, bailarinas, músicos y reyes. Merece la pena perder un buen rato observando algunas de las figuras.



Tuvimos la suerte de ver atardecer desde lo alto del templo, cuando la vista es preciosa y ya no quedan casi turistas.

Arriba, unas 400 imágenes de Buda miran desde cámaras abiertas…

… y otras 72 quedan visibles sólo en estupas.



La plataforma circular en lo alto representa el eterno Nirvana


Nos hubiéramos quedado allí horas y horas pero el sol había bajado casi del todo (en Indonesia lo hace rapidísimo, el calor, el cansancio y el hambre pudieron con nosotros y había que guardar fuerzas para todo lo que nos quedaba por ver en Yogyakarta.
Una de las cosas que más nos intrigaba del viaje es cómo iban a ser esos tres primeros días en el Parque Nacional de Tanjung Punting. Volamos de Java a Borneo, o como los indonesios prefieren que la llamen, Kalimatán, dándole vueltas a cómo sería aquello del klotok.
Se trata de un tipo de barco (y cuando digo barco que nadie piense en un crucero) que es el único al que le está permitido adentrarse en el bosque por el río Sungai Sekonyer. Es una embarcación tradicional que normalmente compartes con más gente y en la que con los turistas van un capitán, un ayudante, un cocinero y un guía. El klotok es tu ‘hotel’ y aunque las comodidades son las mínimas, te sientes tan a gusto como si estuvieras en un cinco estrellas.
El nuestro, es ‘Kalimatan Explorer’, estaba preparado para cuatro personas, pero tuvimos suerte e íbamos solos, así que pudimos elegir entre el ‘camarote’ de abajo y el de arriba. El de abajo tiene aire acondicionado, pero por la noche, en cuanto apagan los motores, te quedas sin él y no hay quien soporte el calor. El de arriba en realidad no es un camarote, sino el ‘altillo’ donde pasas el día, que por la noche queda transformado en una maravillosa y acogedora habitación con todo el bosque ante tus ojos (hasta que se hace de noche, claro) y el sonido de los animales que te acompaña hasta al amanecer.
Es indescriptible saber que estás en un lugar perdido, sin otra forma de volver a la civilización que el barco y rodeados de naturaleza salvaje. Yo estaba convencida de que algún mono narigudo dos despertaría saltando sobre la mosquitera, pero no. Ellos están a lo suyo.

Creo que nunca jamás olvidaré los desayunos preparados al detalle en la parte alta del barco mientras se movía a las 6 de la madrugada, con la niebla levantando poco a poco, el calor pegando ya fuerte, escuchando al bosque despertarse y con estas vistas.


Y además de lo especial de este alojamiento, durante los tres días que estuvimos en Borneo, nos hartamos de ver orangutanes (evidentemente es una forma de hablar, porque nunca te cansas de mirarlos).




Tras tres alucinantes días nos despedimos con mucha pena de nuestros compañeros de viaje a los que después de tres días les habíamos cogido mucho cariño. Nos acordaremos siempre de los ricos pancake, las meriendas con zumo de frutas recién cogidas, sus explicaciones sobre su país, sus duchas bajo la lluvia y sobre todo las charlas con ellos tras la cena en la absoluta oscuridad de Tajung Puting.

Consejo para el klotok: Cuando cruces de barco a barco para llegar al tuyo, recuerda sujetar bien tus gafas de sol, sobre todo si son nuevas.
Merece la pena, sí, pero el viaje a Indonesia es largo. A pesar de que tuvimos suerte y nuestro vuelo sólo hacía una parada de dos horas en Qatar a mitad del vuelo (algo que se agradece muchísimo)…

… y de que los aviones de Qatar Airways son muy cómodos y tienes infinitos entretenimientos en la pantalla táctil de tu asiento… las 19 horas no te las quita nadie.

Pero como en cualquier viaje, en cuanto llegas al destino se te olvida todo. La primera imagen de Indonesia nos impresionó bastante y… ¡Qué calor! Jakarta es una locura de ciudad, superpoblada, llena de coches y con un tráfico insufrible.

Habíamos leído en guías y foros que no hay mucho que ver en la capital y que no merece la pena visitarla y además ya era tarde cuando llegamos así que cogimos un hotel cerca del aeropuerto y nos limitamos a tomar nuestra primera Bintang…

…nuestro primer mie goreng (Mmmmmm)

… descansar y prepararnos para volar a Borneo (Kalimatan) y realizar nuestra visita a los orangutanes de Tajung Puting.




































